DOMINGO XXVI ORDINARIO (SEPTIEMBRE 30 DE 2018)

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DOMINGO XXVI ORDINARIO (SEPTIEMBRE 30 DE 2018)

PRIMERA LECTURA (Números 11,25-29)

«Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor», este sueño de Moisés es una realidad para todos aquellos que por el Bautismo entran a formar parte de la gran familia de los hijos de Dios. El Espíritu Santo, a partir de Pentecostés, no es ya más el patrimonio de una casta exclusiva o élite separada del común de los mortales; es el acto de amor por el cual Dios se dona generoso a todos los corazones que se abren a su acción santificadora. El Espíritu Santo es huésped permanente del alma. Si Jesús, el Emmanuel, es el “Dios con nosotros” el Espíritu es el “Dios en nosotros”. En la Antigua Alianza el Espíritu “arrebataba” a los profetas para que fueran la voz de Dios que “anunciaba y denunciaba”, que señalaba las infidelidades del pueblo y a que, al mismo tiempo, como una llamada de amor, invitaba a la conversión y a alejarse del pecado. Por el Bautismo somo constituidos “Templos” del Espíritu Santo, si bien es cierto de este modo somos “apartados” para Dios, no somos “segregados” del mundo, al igual que los profetas del Antiguo Testamento debemos ser luz y sal de la tierra y “anunciar y denunciar”, especialmente con nuestro testimonio, al mal que permea todos nuestros ambientes.

SEGUNDA LECTURA (Santiago 5,1-6)

«Lloren y laméntense, ustedes, los ricos, por las desgracias que les esperan. Sus riquezas se han corrompido», Dios ama a todos sus hijos y no hace diferencia entre ellos, esto es lo que debemos tener muy claro y, aunque los bienes materiales son “cosas” que “no pueden” perdernos por sí mismas; nosotros si podemos perdernos por ellas. Cuando las riquezas se convierten en el “tesoro” que anima nuestro corazón y todos nuestros esfuerzos está encaminados a “enriquecernos” sin importarnos lo correcto o si debemos utilizar a los otros para lograrlo, entonces el dinero se habrá convertido en el amo y señor de nuestras vidas. Podríamos decir que el dinero no puede corromper a las personas, pero un corazón pervertido y ambicioso si puede corromper el sentido más profundo del dinero como bien que debe ser “usado”, no solo para mi beneficio sino especialmente para el bien de los demás. No nos sintamos salvados porque no tenemos dinero, preocupémonos si no tenemos paz precisamente porque no lo tenemos.

EVANGELIO (Marcos 9,38-43.45.47-48)

«Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar», hoy justificamos nuestras acciones con frases como: “mientras no le haga daño a nadie…” o “es mi vida”, pensando que somos como una isla en medio del mar sin relación con nada ni con nadie. La verdad es que “sí” somos responsables de los demás, es más, siempre tendrían que estar en nuestra consideración; pensar en los otros es un acto de gran generosidad y de desposeimiento personal, si este acto es por “amor”, entonces no estamos lejos del Reino de los Cielos.

 

Pbro. Luis Alfonso Verdugo Martínez

Source: internacional

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